Laspuña a través de la historia (Antonio Solanilla Buil)


Laspuña a través de La historia (Antonio Solanilla Buil)
Artículo publicado en el año 1997 en el número 3 de la revista Sobrarbe del CES
Laspuña es un altivo y resplandeciente poblado que está situado en una atalaya sobre el río Cinca, debajo de la Peña Montañesa, siendo la primera puerta de entrada al auténtico Pirineo de Sobrarbe en el valle del Cinca. De allí hacia abajo está el prepirineo y después el Somontano.
Tiene actualmente sobre 220 habitantes y consta, además, de la aldea de Ceresa y del caserío de Socastiello. Su término municipal es de los primeros en extensión de la provincia de Huesca.
Una de sus características geográficas más llamativas es la variedad de microclimas y terrenos que lo componen. Así pues, en su término encontramos desde prados alpinos y hayedos hasta viñas y algún pequeño cultivo de olivos; pasando de masas forestales de alta montaña a cagigares, cultivos de cereal, pastos, huerta y el soto fluvial de la ribera del río Cinca.
 Su localización geográfica a la entrada del Pirineo y la variedad de los terrenos de su término son los que le confieren su riqueza agro-ganadera, caza y pesca, y la que le confiere su idiosincrasia, que ha sido el eje a través del que ha girado toda su historia a lo largo de los siglos.
Tenemos que decir para concluir con los referentes de su localización que no es ni un centro geográfico ni ha sido tampoco un centro histórico, comercial, de comunicaciones, industrial o religioso como lo han sido, en Sobrarbe, Aínsa, Boltaña, Bielsa o San Victorián, respectivamente.
Ha sido exclusivamente un asentamiento que ha explotado sus recursos en una zona de paso y, por ello, es un enclave que ha vivido expectante, asomado desde su balcón, a lo que pasaba en el fondo del valle por donde discurre el eje de comunicaciones del Cinca, bien hacia arriba, Bielsa o Francia, bien hacia abajo, Aínsa o la tierra baja.
También ha sido importante para su historia, sobre todo en las guerras, el acceso que tiene por detrás de la Peña Montañesa hacia el valle de Plan y hacia el de Campo y Benasque.
Si me pongo a soñar, sueño que si hubiera vivido a lo largo de todos los siglos apoyado en la barandilla de la plaza, debajo de una gran acacia que hay, asomado en ese balcón natural hacia el valle del Cinca, habría podido comprobar cómo el pueblo de Laspuña ha presenciado a lo largo del tiempo el subir y bajar por el valle de gentes y personajes de todo tipo: cazadores de osos prehistóricos que venían de Revilla, romanos con esclavos que traían hierro fundido de Bielsa, visigodos que se batían en retirada, árabes que subían cargados de cerámicas, Iñigo Arista que venia de Bigorra con sus huestes de francos hacia Araguás, católicos y vascos que venían a por madera para los barcos que conquistaban América, broyas (brujas) que huían de la Inquisición, franceses que nos invadían, partidas de guerrilleros que iban y venían, el general Prim que buscaba a mosén Bruno Fierro, carlistas, republicanos que defendían heroicamente la Bolsa de Bielsa, maquis idealistas engañados, o, recientemente, Fraga Iribarne como ministro de turismo que subía a Pineta a cazar sarrios.
 Ese sería un recorrido rápido por la historia del valle que el poblado de Laspuña hubiera presenciado, a vista de pájaro, desde su morada privilegiada.
Pero ésa sería la historia general del país que, pasando por nuestra tierra a lo largo del tiempo, cada hecho, cada época, dejaría su impronta en la historia del pueblo.
Aparte de esa historia general, Laspuña tiene su historia local, la de nuestros antepasados y familiares, con nombres y apellidos, que han vivido aquí, que han construido nuestro pueblo y han trabajado nuestros campos.
Una historia anónima que parte desde la nada, la fundación del primitivo asentamiento, hasta lo que es ahora, llena de esfuerzos, sufrimientos y progresos. He intentado en estas páginas escudriñar tanto en la historia general del país que tiene que ver con el pueblo, como en su historia anónima y local que sólo es nuestra, obviando solamente la actualidad reciente que se convertirá en historia para otras generaciones.
Hasta ahora sólo sabíamos la historia del pueblo que nos habían contado nuestros abuelos cuando éramos pequeños y nos cuidaban en las tardes de invierno, sentados en la cadiera del fogaril. Ellos nos contaban siempre las mismas cosas. Primero, aquellas fantásticas leyendas que decían que, en un principio, el pueblo estaba en La Valle, donde el Campanal, y que pasó una peste muy fuerte de la que sólo sobrevivieron dos abuelas, viéndose obligadas a huir fundando el actual emplazamiento. También nos contaban que en Santa Mela había una princesa mora enterrada con siete ollas de doblones de oro a su cabeza, y todo el mundo que se ponía a escarbar en aquella colina, al cabo de un rato, aparecía misteriosamente en el fondo del valle sin encontrar nada. O que el Sarrato Batalla se llamaba así porque hubo una gran batalla con gran mortandad, pero un invierno te decían que aquella batalla era entre moros y cristianos y otro invierno que fue una batalla contra los carlistas que se refugiaron en La Valle.
De estas historias fantásticas nuestros abuelos olvidaban algunos siglos y de ahí se pasaban siempre a nuestra guerra civil. Con reservas y cautela, pero para que nadie olvidara, te narraban cómo una noche bajaron los maquis que estaban en los Pozos, tomaron el pueblo y sus alrededores e iban de casa en casa pidiendo alimentos. Amén de ir a por el alcalde o por el cura, el cual, al intentar escaparse, saltó por una ventana y se rompió la pierna. Los maquis lo cogieron, lo curaron y no le hicieron nada. También dicen que en alguna casa entraron a pedir alimentos pero subieron a la cocina y se sentaron para hacer confidencias.
 Las narraciones de la guerra civil eran reiterativas con el exilio en Francia, el paso del Puerto de Bielsa, los campos de refugiados, las benevolencias de los franceses, los bombardeos, la retirada, los ajusticiamientos de los Aguiluchos, la represión de los vencedores, que si quemaron esta casa, que si mataron a fulano por esto y a mengano por aquello, en esta casa mataron a tantos y en la otra a otros tantos. Historias tristes para aquella noche fría y de piedra que duró cuarenta años. El pueblo que no conoce su historia se empobrece y despersonaliza.
Cuando yo era adolescente pensaba que mi pueblo no tenía otra historia que la que me habían contado mis abuelos. Intentar saber más allá de eso lo veía imposible. Laspuña no tenía pintas de tener la historia que parecían tener otros pueblos. Ibas a Aínsa para la feria y sólo con ver la plaza y el castillo ya entendías que aquella villa, que no pueblo, tendría su historia. En San Victorián había un monasterio casi en ruinas que denotaba mucho. En Barbastro, la inmensidad de su catedral te abrumaba con el peso de toda la historia que aquella ciudad debía tener.
Laspuña por no tener, no tenía ni una iglesia con torre como tenían todos los pueblos. Debía de ser medio imposible descubrir la verdadera historia de este pueblo.
Pero después descubrimos en nuestra niñez que en Ceresa había un castillo antiguo, pues, bueno, algo habría pasado en el lejano remoto en esta tierra. Más adelante te enterabas de que Laspuña sí había tenido una vieja iglesia con torre como todos los pueblos, pero en la guerra civil, en la defensa de la Bolsa de Bielsa, instalaron allí los republicanos una ametralladora y los nacionales, para acallarla, bombardearon la torre desde Muro de Vellós hasta que la tiraron.
Así empezabas a descubrir que tu pueblo tenía una historia por descubrir, sólo había que encontrar el hilo del ovillo y empezar a tirar.
La dificultad comenzaba con la falta de vestigios arqueológicos que otros pueblos de los alrededores tenían, y continuaba con la ausencia de fuentes documentales del pueblo, bien por su poca importancia en la historia comarcal y regional o por la quema y destrucción de los archivos en las sucesivas guerras hasta la última.
Ante el persistente interés y la búsqueda continuada durante algunos años, de sorpresa en sorpresa ante la ignorancia, el panorama actual nos demuestra que existen más fuentes documentales e incluso vestigios arqueológicos y arquitectónicos de lo que se podía pensar en un principio. Existen diversos portales y ventanas fechados en distintas épocas: Casa Gabás (ventana: siglo XVI, portal: siglo XVII), Casa Aguilar y Casa Barón tienen un portal de iguales características (esta última del año 1805, la otra sin fechar), las puertas de la calle de Santa Catalina son todas del mismo tipo, la de Casa Trini con escudo y fecha del siglo XVII ...
Respecto a las fuentes documentales, Laspuña aparece en la colección de documentos del Monasterio de San Victorián, en el Archivo de la Corona de Aragón, protocolos notariales, libros del siglo XVIII y XIX, etc....

PrehistoriaEn la obscuridad de los tiempos, cuando nacieron los continentes, Laspuña estaba recubierta de un inmenso mar. Se han encontrado fósiles marinos en los alrede-dores de la Peña Montañesa que así lo demuestran. Los excursionistas que ascienden el pico de la Peña por su cara norte a través de lo que debió de ser un antiguo glaciar, si de paso que van haciendo la ascensión, se van fijando en el suelo podrán encontrar alguno de estos fósiles.
Laspuña es una meseta propia para la agricultura y la recolección, con presen-cia de agua abundante, cercana a bosques con caza (donde hasta hace muy poco hubo osos) y abrigos naturales y cercana a un río con pesca. Además posee un clima templado. Por todo ello, pensando en la época del hombre prehistórico, todo nos hace pensar que pudo ser un sitio propicio para el primer hombre.
Sabemos que el Sobrarbe estuvo poblado en aquella época. Como vestigios más conocidos tenemos el Dolmen de Tella y las cuevas de Revilla. Por ello no me parece descabellado pensar que también pudo haber presencia en Laspuña. Tal vez pudo existir un poblado errante o con asentamientos, bien en cuevas, abrigos o construido en el mismo lugar o en otro diferente del poblado actual. Existe la posibilidad de estudio de cuevas inéditas que tal vez estuvieran habitadas. Ya Lucien Briet iba detrás de ello y las tenía localizadas, pero no pudo explorarlas cuando visitó Laspuña. Por otra parte, a pesar de no haber estudios ni prospecciones de profesionales sobre la materia, se ha encontrado en Ceresa, cerca de un enterramiento de fosas recubiertas con lajas (de probable origen medieval), un aro de la edad de Bronce
   
Época romana .Tenemos que dar un salto por encima de las civilizaciones ibera y celta, ya que no existen vestigios conocidos en el término municipal, para llegar a la época romana. En la Enciclopedia Aragonesa existe una cita1 que habla de la presencia de restos de un puente romano en el término de Laspuña, en concreto, en el río Cinca.
Efectivamente, allí está si vamos a verlo, sobre una gran roca, los restos de lo que sería un pilar que formaría parte de los ojos de un puente. Debajo hay una badina de agua donde, hasta que construyeron la piscina municipal, se bañaban en verano los niños del lugar, sin saber que dos mil años de historia les contemplaban.
Es bien conocida la presencia romana en Sobrarbe: Tierrantona (Tierrantonensis o tierra de Antonino), Boltaña (Boletania) donde ha habido hallazgos romanos...
Así el panorama romano de Sobrarbe nos hace pensar que habría una vía de comunicación por el valle del Cinca de Boltaña a Bielsa, vía de comunicación en la que estaría este puente para pasar de uno a otro lado del valle. Y eso quiere decir que, o bien en este lado del valle había un asentamiento hacia el que cruzaba el puente, o bien comunicaba con otras vías de comunicación o explotaciones agrícolas o forestales del término de Laspuña. Todo son deducciones, pues en Laspuña, a comparación de otros sitios de Sobrarbe, no ha habido hallazgos arqueológicos de época romana ni se sabe de fuentes documentales.

Época visigoda En esta época Sobrarbe sufre, probablemente, la primera invasión franca, en el año 260 de nuestra era, cuando ésta llega hasta el valle del Ebro, acabando la dominación romana en nuestra tierra. Es probable que el origen toponímico actual de Laspuña pudiera provenir de los francos, pues en el otro lado del Pirineo existe un poblado llamado L´Espone y ya la primera mención escrita que existe de nuestro pueblo es el año 1085 (Colección del monasterio de San Victorián) como “Illas Sponnas”, nombre muy coincidente con el anterior.
 Siguiendo la datación cronológica de los sucesos comarcales que nos pudieran afectar durante esta época, señalaremos que en el año 409 hubo una nueva invasión de pueblos germanos. Otros datos a tener en cuenta de la presencia visigoda en la comarca es la acuñación de moneda visigoda que hubo en Gistaín (años 586-601) y en Boltaña (años 610-612)(Fuentes de los datos M.ª Angeles Magallón Botaya. Enciclopedia Aragonesa. Apéndice II. 2 Antonio Beltrán. Heraldo de Aragón. 22 de junio de 1980).
También de esta época, aunque con numerosas dudas al respecto, es la fundación del monasterio de San Victorián en los años 507-511, llamado entonces monasterio de San Martín. Monasterio que tuvo mucha repercusión en toda la comarca y que tenía una vía de comunicación principal con los valles de Bielsa y Gistaín, pasando por el monasterio de Badaín, que atravesaba el término municipal de Laspuña por Ceresa. Camino antiguo que permaneció hasta nuestros días y que posteriormente se llamaba Camino Real.
En las fuentes literarias del siglo XVIII que hablan de aquella época, sobre la vida de San Victorián (“columna de luz que por el desierto del Pirineo guía a los devotos”, “sol escondido entre la espesura de los montes de Aragón, cuyas nobles cimas son en todo privilegiadas a los influjos de su patrocinio”, “sol que descollaba entre los demás astros” etc...), de dudosa consistencia, nombran a Fuente Santa (“en el término del lugar de la Espuña”) como lugar de paso y de milagros del Santo.
 Precisamente se llama Fuente Santa, porque, según la leyenda, el Santo que estaba en aquel lugar: “caminando con algunos compañeros, que se le habían agregado en Francia, por las montañas, y entre robustos troncos, antes de llegar al monasterio de San Martín de Asán, que buscaba en las selvas, fatigado y sediento, hirió con su báculo en la tierra, en el término del lugar de la Espuña, a cuyo golpe brotó una fuente de frescas y cristalinas aguas que hoy se conservan con el nombre de Fuente Santa, que, como la tradición dice, era agua tan clara y limpia como la conciencia de los que tienen fe en Dios.

Época árabe Los árabes invadieron la península en el año 714 y ya en el 720 habían invadido el valle del Cinca.
Se sabe a ciencia cierta que los árabes llegaron hasta las crestas pirenaicas y que incluso pasaron a Francia, sobre todo en Sobrarbe, que era un valle abierto geográficamente, donde, además, se fundó un distrito con Boltaña como capital, dependiente de Barbastro, con su propia dinastía familiar de jefes.
Fueron, probablemente, los árabes los que bautizaron al río Cinca con su nombre actual llamándolo “Zinga” (según L. Argensola), al igual que hicieran con otros ríos de nuestra tierra como el Alcanadre y el Guatizalema.
 Según las leyendas medievales, los sarracenos destruyeron el monasterio de San Victorián y los monjes se refugiaron en el monasterio de Santa Justa. Pero también llegarían allí éstos, destruyéndolo.
Probablemente, la dominación del valle de Gistaín sería efímera y éste pasaría a depender inicialmente del condado de Ribagorza. Ello justificaría la aparición de los insurgentes en los valles más inaccesibles. Los grandes historiadores dicen que la invasión árabe en nuestra tierra fue más bien una dominación que no conllevó más que la obligación de pagar tributos a la nueva estructura militar y política.
Estas insurgencias fueron el motivo de las campañas militares de Almanzor y Abd-al Malik por nuestras tierras, correrías de castigo que conllevaron gran destrucción y muerte.
Todas estas noticias que afectaron a nuestra comarca, afectarían, sin duda, a nuestro pueblo. Pero noticias concretas de Laspuña de aquella época no tenemos ninguna. Solamente recordar que hemos oído decir muchas veces que en Ceresa existían los restos de una antigua tejería, y como sabemos, los árabes fueron los que introdujeron ese arte en nuestra tierra.

 Edad Media Desde la ocupación árabe hasta 1085, pasó una época oscura en nuestro pueblo y comarca de la que poco sabemos. Lo más que sabemos es por las leyendas de las reconquistas de los cristianos apoyados por los francos. En la batalla de Aínsa por Garci, Jiménez, según La Morisma, no se nombra para nada a Laspuña, ni aun a San Victorián. En cambio, hubo un suceso, también legendario, que pudo afectarnos o que, por lo menos, hubiéramos podido contemplar apoyados en el balcón de nuestra plaza, debajo de la antigua acacia. Fue el paso de tropas francas que, al mando de Iñigo Arista, procedentes de Bigorra, pasaron por nuestro valle guiados por una saeta de luz blanca, en forma de cruz, sobre el azul del cielo, que les señalaba dónde estaban las tropas cristianas acorraladas por las sarracenas, y el sitio a donde les guió fue a Araguás, donde se libró una gran batalla que ganó este caudillo de la Reconquista.
Como datos definitivos de interés, hay que decir que, en los años 1017-18, Sancho el Mayor de Navarra reconquistó definitivamente Sobrarbe fortificándolo, y que el año 1071 el monasterio de San Victorián ya estaba refundado. Con ello acababa definitivamente la ocupación árabe.
Es en el año 1085, el primero en el que existe la primera mención escrita de Laspuña, en el documento 253 de San Victorián (colección Martín Duque) y después también en el año 1137, y en ambos se le nombra como “Illas Sponnas”. Son escrituras de las propiedades de unas viñas que el monasterio poseía en nuestro término.
Los primeros documentos que nombran a Ceresa son en los años 1182 y 1195, también de la misma colección, y son escrituras de bienes que el monasterio de Santa Justa tenía en Ceresa.
De esta época, siglo XII, es probablemente la construcción del castillo de San Pelay. Construcción religiosa, con funciones de vigía y defensa, construida en lo alto de una colina bajo la que pasa el camino real que proviene de San Victorián y lleva hacia Badaín, que ya hablamos de ello anteriormente.
Durante esta época y hasta 1285, Laspuña pertenecía al obispado de Lérida Roda de Isábena. A partir de esta fecha, el rey Alfonso III donó Laspuña al monasterio de San Victorián, lo cual supuso pasar de un sistema feudal de una persona y con una administración religiosa de un obispo, a una propiedad absoluta (tanto en lo económico, como la propiedad de tierras y personas, con la potestad de la jurisdicción espiritual y criminal) de los monjes y el abad que en lugar de depender del rey, dependían directamente del Papa de Roma, con todo lo que ello suponía para nuestro pueblo.
Es en el año 1228 en el que aparece escrito el nombre de la primera persona que conocemos de Laspuña. Éste era Ramón Castany y perteneció a una saga familiar de importancia en nuestra comarca y aun a nivel nacional como más tarde veremos.
 Parece ser que, en aquellos momentos, Laspuña era un poblado agrícola propiedad de esta familia, con una estructura feudal. “Familia de pequeña nobleza local, que ni siquiera tenía el título de caballero”, pero que los hechos confirmaron su riqueza y poder pues compraron parte del señorío de Bielsa, compra que les sirvió para así “comprar una cuasi-nobleza”. Dicha compra fue confirmada por el rey Jaime I de Aragón. Jaime II confirmó posteriormente esta compra a un sobrino del anterior, llamado de la misma manera, asegurando así la fidelidad y el vasallaje de su subordinado, y todo ello hecho según los “usos de Barcelona de manos y boca, colocando las manos entre las del señor y besándolo, como símbolos de paz y entrega personal”.
 Al subir al trono Pedro IV, Ramón Castany de Laspuña (otro descendiente), envió a su procurador, Domingo de Elsón, vecino de Aínsa, para renovar su fidelidad y homenaje al monarca. De la misma manera se hizo ante Alfonso IV en 1328.
El sucesor de Ramón Castany en el siglo XIV fue Rodrigo Díaz, al cual el rey le reclamó en la conquista de Mallorca con un caballero armado. Este Rodrigo con el tiempo llegaría a ser consejero y vicecanciller del rey, además de doctor en leyes.
Como vemos, este linaje de los Castany, partiendo de Laspuña y empezando de la explotación de sus tierras, llegaron lejos. Son los primeros, pero no los últimos, de la historia del pueblo que, nacidos en alguna casa de nuestro lugar, cogieron la alforja y el camino del “Empalme” para llegar a algo.
Todo ello está en los documentos de Cancillería, del archivo de la Corona de Aragón, y entonces Laspuña ya se escribía Laspunya. (Fuentes de los datos, Inventario Histórico Artístico de Huesca, G. Guatas y otros. 7 A. Ubieto. Historia de Aragón. “Los Pueblos y despoblados”. 8 V. Bielza de Ory y otros. Estudio historiográfico y geográfico de Bielsa).
 Nuestra región sufrió en el siglo XIV tres epidemias de peste negra durante los años 1348, 1361 y 1371, que, si afectaron también a nuestro pueblo, como suponemos, supondría una gran merma en el número de habitantes del poblado. Aún así, Laspuña tenía en el primer censo poblacional que se hizo en Aragón en el año 1429, 23 fuegos, los mismos que tenía cuando se hizo el de 1488
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Edad Moderna En 1495 Laspuña pertenecía a la sobrecullida de Barbastro (especie de provincias de aquella época) y era del monasterio de San Victorián, como señorío eclesiástico.
 Precisamente es en esta misma fecha en la que se menciona por primera vez el poblado de la “Cuadra de Tierrantona”, que estaba en nuestro término y que pertenecía a San Victorián. Poseía 32 fuegos en 1495 y los mismos en 1609. Se despobló entre 1711 y 1833.
Nunca hemos tenido noticias de su existencia, ni referencias de posibles restos. Si es que estuvo en nuestro término, su localización es una incógnita y un buen reto. Tampoco sabemos por qué motivos se despobló.
 El siglo XVI se caracterizó en nuestra comarca por un gran desorden social, caracterizado por la rebelión de los pueblos contra sus señores feudales, el bandolerismo y la inseguridad en los caminos, la proliferación del anticatolicismo, los temores de una invasión de Francia, los cambios administrativos y de propiedad de la tierra; en resumen, un siglo de inestabilidad y cambios.
En los años 1500, 1554 y 1576 hubo luchas, incluso armadas, entre los concejos y los señores en casi toda la comarca. La rebelión en 1585 en el señorío de Monclús acabó con la destrucción total del palacio o fortaleza de este señor y el paso de su propiedad a la corona.
Laspuña era propiedad del señorío eclesiástico del monasterio de San Victorián y estaba dentro del obispado de Lérida. También nos afectaron a nosotros los cambios. En 1571 interviene Felipe II en la desmembración del monasterio y Laspuña deja de pertenecerle, pasando a ser del obispado de Barbastro.
Entiendo yo que esta fecha de 1571 es, para nosotros, histórica, pues pasamos de una estructura feudal, en la que todo pertenece al abad, tierras y personas, y pasamos a depender de un obispo, pero sólo en la administración de lo religioso. Es un tema que habría que estudiar en profundidad para saber cómo fue exactamente. Pero, a resultas de todo ello, pudo ocurrir que las tierras pasaran a los pequeños campesinos y como propietarios se crearan los minifundios característicos de la montaña que han llegado a nuestros días.
 Es decir, es posible que muchos de nosotros poseamos ahora tierras por los cambios que hubo en aquella fecha histórica. Como sabemos, esto no ocurrió en todos los sitios igual, sobre todo en la tierra baja, donde se conservaron los latifundios, algunos de los cuales han llegado hasta nuestros días. Como ejemplo tenemos las propiedades de la Duquesa de Alba, o la de Villahermosa.
El campesinado empezaba a ser libre, porque además de poseer su propia tierra, la jurisdicción criminal que tenía sobre él el abad desapareció, pasando a depender de la justicia ordinaria.
Esto es posible que ocurriera así en líneas generales, pero con seguras excepciones y lagunas, o fechas no claras, pues hay protocolos notariales de mediados de siglo sobre juicios en el pueblo, en los que actúa la justicia ordinaria y no la del monasterio. Bien porque ya no la tuviera, bien porque en los casos que fuera la religiosa se inhibía en favor de la ordinaria.
En 1526 ocurrió el siguiente milagro: “En el mismo año de 1526, un niño hijo de Juan de Mont e Inés de Asase, estando en su cuna jugando con una paja y espiga de centeno, se la tragó: estuvo este niño 15 días con el evidente riesgo de ahogarse, ¡qué se podía pensar!, y como no se hallase remedio para su salud y vida, lleváronlo sus padres a Ntra. Sra. de Badayn, y aquí arrojó el niño la espiga por los riñones con admiración de todos. Era este niño del lugar de Espuña: consérvase en cera dicha espiga entre otras presentallas de la capilla de Ntra. Señora. Consta por acto testificado por el notario Domingo Saila, notario público”
 Esa era la cara religiosa de aquella sociedad que necesitaba milagros para creer y poner a través de la religión orden en la sociedad. Porque la historia que viene a continuación es la otra cara de la moneda, la del herejismo, libertinaje (o libertad) que generaba desorden o desobediencia contra las férreas estructuras sociales existentes, y queda claro por las invenciones falsas de muchos hechos:
Corría el año 1544, cuando se reunió el Concejo de “Laspunya” con un justicia ordinario y un procurador, con el motivo de realizar un juicio público de acusación de brujería, en las personas de Granada Sánchez, una tal Jaimeta y otras dos mujeres del pueblo, acusadas de ser “broyas”, es decir, brujas, y de haber cometido los siguientes delitos:
 Haber anieblado los trigos de Pera y las hortalizas de algunos huertos, haber matado un buey en “Socastiello” con artes brujeriles, tener relaciones sexuales con el “boc (buco o macho cabrío) de Biterna (región francesa del otro lado de los Pirineos)”, así como de realizar correrías y fechorías por Belsierre y Muro de Bellos.
Lo de anieblar los trigos y hortalizas, o matar un buey no sé si estaría en lo posible de hacerse. Pero lo de mantener relaciones con el “boc de Biterna” no lo acabo de entender, pues no sé cómo pensaba aquel sospechoso tribunal que estas mujeres podían ir y volver de Francia con el estado de carreteras de aquella época. Bueno, si iban en escoba se podría justificar.
Todo hace sospechar que aquel falso ajusticiamiento tendría que ver con la necesidad de crear fantasmas de anticlericalismo, quitarse personas de en medio (además de mujeres contestatarias) que molestarían por ir en contra de las ideas establecidas, o como ha ocurrido en otras épocas, venganzas personales en un pueblo de 32 fuegos, donde siempre hay alguién que envidia lo del vecino. Y así con la vergüenza de un ajusticiamiento público y el horror de la muerte en la plaza del pueblo quemadas en una hoguera, al estilo de la época, todo el mundo tomaría ejemplo y sería sumiso y servil con las autoridades del momento. Ya se sabe, el fuego purifica y además es de caridad cristiana que la muerte sea rápida y segura.
El Dios de los infiernos debía estar enfurecido porque el final de siglo fue duro para estas tierras: En 1561 vinieron unos años de fuerte bandolerismo, en 1563 pasó por aquí una epidemia de peste negra que lo debió dejar todo desolado, en 1588 el Condado de Ribagorza entabló una guerra contra Felipe II, éste invadió Aragón en 1591, y en 1592 los bearneses invadieron parte del norte de Aragón, invasión que aunque la sufrió más directamente el valle de Tena tuvo efecto en nuestra comarca por ser fronteriza con Francia.
Fruto de esta época de bandolerismo y guerras fue la fortificación de la comarca. En 1595 Felipe II manda al mismo arquitecto de la ciudadela de Jaca reconstruir el actual castillo de Aínsa. El monasterio de San Victorián construye una muralla con torres que lo cierra y rodea. Pueblos y múltiples casas fuertes se fortifican.
La invasión de Aragón por Felipe II y la invasión de los bearneses nos afectó de la siguiente manera: a instancias del Justicia Mayor de Aragón (Juan de Lanuza, que sería mandado decapitar por el rey) todos los justicias locales reclutan tropas entre los mozos de los pueblos para frenar la invasión castellana. En concreto los mozos de nuestro pueblo y de Sobrarbe formaron compañías que se acantonaron primeramente en Barbastro para defender Zaragoza, pero todo se desarrolló tan rápido que estas no llegaron a pasar de Barbastro, pues aquí ya recibieron la noticia de la victoria de los castellanos y nuestros mozos tuvieron que ponerse al servicio ahora del rey, el cual, ante la inminente invasión de los franceses, los mandó a defender los puertos de Bielsa, Plan y Gistaín, además de socorrer a los del valle de Tena. La presencia de las tropas castellanas de paso acabaron con el bandolerismo y con la rebelión de Ribagorza. Finalmente se estableció el nuevo orden en nuestra tierra con el poder absoluto del monarca. El precio de todo ello para nuestra tierra fue el final de la independencia de Aragón frente a Castilla y la decapitación y sumisión de nuestra libertad y mayor institución: el Justicia de Aragón.
El siglo XVII fue un siglo de auge y progreso para nuestro pueblo. Fue el siglo en el que se desarrolló parte de la actual configuración del pueblo. Prácticamente todas las casas de la calle Santa Catalina y de la calle Alta son de este siglo. Eso hace pensar que el pueblo creció o se expandió por allí, aunque hubiera previamente alguna casa aislada, como casa Gabás. El grueso de las casas actuales de la calle San José, calle Mayor, Barrioviejo y Calliza son del siglo XVIII (el otro siglo de definitiva configuración urbanística del pueblo) y posteriores.
El siglo comienza bien en su primer año: El año 1600 se reúne el Concejo de Laspuña y pacta con el maestro Pedro Bauberie, picapedrero, la construcción del Molino, que se destruiría en la década de 1960 para edificar las viviendas de la actual central eléctrica.
Este maestro construyó también la iglesia de Ceresa (1602) y con seguridad la actual de Laspuña. Su verdadero nombre era Pedro Pedenos de Sant Bobiri.
Le encargaron la apertura de la acequia moliniar (aún existente hoy día) y la destrucción de una gran piedra por la que debía discurrir y que impedía el paso del agua, hasta que pasaran dos muelas (medida aragonesa de caudal de agua). Después debía construir “una casa de piedracalso para molino y haya dos cacabas con sus buenas bueltas”. Los cárcavos debían tener 14 palmos, le ordenaban dejar en las bóvedas “los aguxeros necesarios para los árboles de las ruedas, en la pared de la dicha casa y ventanas para los canales”. Como constructor debía dejar todo bien preparado para que después alguien instalara la máquina del molino.
Existe una “Capitulación y concordia, hecha y concordada, entre los jurados y Concejo del lugar de Laspuña y Pedro Bauberie, piedrapiquero residente de presente en Laspuña”. En este contrato se nombra a dos hombres (uno de cada parte), y al Justicia para que valoren el trabajo que el maestro va haciendo y la cantidad de dinero que vale el trabajo que hace. Al final de la obra le pagarán el resto. El Concejo le facilita la mano de obra necesaria y le promete pagarle 1.100 sueldos jaqueses.
Hay otros datos que hacen pensar en el auge económico y de desarrollo del pueblo a principios del siglo XVII además de la construcción del molino y la iglesia de Ceresa. El pueblo pasa de 32 fuegos a final del siglo anterior, a 40 vecinos en el año 1610, según el censo del geógrafo portugués Joan Bautista Lavaña, que pasó por Laspuña el 21 de diciembre de ese año en su itinerario por el reino de Aragón.
Seguramente el auge económico de esta época, que coincidía con el que tenía en esos momentos el Imperio, se debía fundamentalmente al inicio de las explotaciones forestales de nuestros bosques, además de la liberación que tuvimos del señorío eclesiástico del monasterio de San Victorián a finales del siglo anterior, pues éste arruinaba al pueblo con el cobro del diezmo de las cosechas y demás impuestos religiosos.
En 1634 tenemos noticias de la presencia del pueblo en una gran procesión que hubo desde Badaín hasta el pueblo de Sin con motivo del traslado de las reliquias de San Esteban que tenía esta iglesia. Según el Padre Faci: “fueron trasladadas las dichas reliquias de San Esteban a la parroquial de Sin, en procesión general en dicho día 1 de agosto de 1634 con concurso y cruces de Ntra. Sra. de Badayn, de los pueblos de Sin, la Espuña, Ceresa...”
 La segunda mitad de siglo, a pesar de la decadencia que hubo en la nación, aún fue fructífera para nuestro lugar: se construyó la actual iglesia parroquial dedicada a la Virgen de los Dolores  y la ermita de Fuente Santa. En ésta, la casa del ermitaño está fechada en 1681 y el epitafio de la fuente mandado construir por el rector de Laspuña en 1692.
En la segunda mitad del siglo XVII hubo un gran cambio climático en España, que pasó de una época de intensos fríos a una época de calor y gran sequía que produjo mucha ruina en la agricultura. Así pues no es de extrañar que coincidiera con el auge de la devoción a San Victorián construyendo la ermita, lugar de romería para la petición de lluvias al Santo.
 El final de este siglo debió de ser calamitoso para nuestra comarca, además de las sequías, hubo una epidemia de peste epidémica en 1652, una epidemia de langosta en 1690, así como numerosas guerras con Francia y con Cataluña que debieron influirnos. El pueblo pasó de 40 vecinos a principios de siglo a 32 en 1646, y a 23 vecinos a principios del siglo siguiente.
El siglo XVIII parecía que empezaba bien para Laspuña, pues el Gobierno central mandó construir una carretera a La Valle para la explotación forestal de ésta en plan masivo. La madera era para tablazón y mástiles para los barcos de la marina española que estaba muy necesitada por el tráfico marítimo con las colonias de América, África y Asia. Pero poco después comenzaba la guerra de sucesión de la corona a la muerte de Carlos II “El Hechizado”. Aragón y Cataluña tomaron parte por el Archiduque Carlos, que fue el perdedor de esta guerra. Hubo campañas militares por nuestra tierra que se dirigían hacia Cataluña. Cerca de Aínsa hubo una gran batalla.
 Felipe V de Farnesio, el vencedor y futuro rey, mandó reconstruir la iglesia de San Victorián donde se construyó un panteón para los reyes de Sobrarbe.
Con las reformas administrativas de Felipe V, Laspuña pasa a formar parte del Corregimiento de Benabarre el año 1711, situación que duró hasta 1833.
En 1794 Laspuña es visitado por un militar, el teniente visitador D. Bartolomé López, en una inspección del Pirineo, preparando la fortificación de éste de cara a la guerra de la Convención contra Francia. Los pueblos de nuestra comarca tenían la misión de defender los puertos de nuestros montes con el país vecino. Esta guerra acabó el año 1795.
 En su paso por Laspuña hace la siguiente descripción: “y pasando por un mal puente (no consta que existiera entre el mesón de Puértolas y Laspuña ningún puente de fábrica de piedra de pie, el que hubo se lo llevaría alguna riada, por lo que el viajero cruzaría por alguna palanca o puente de maderos), dejando el Cinca (...) pasamos por el lugar de la Espuña, que está en alto: tiene 50 vecinos con el anejo de Ceresa. Este es el lugar último por este lado que hay olivos y viñas: trabajan también la madera, pues la hay en su término y de ella se ha llevado a Cartagena por el Cinca por cuyo río la sacan (...) sacándolas sueltas de los trechos hasta reunirlas y atándolas en el río forman las almadías: las llevan a Tortosa”.
Cuatro años más tarde el economista Ignacio de Asso da la siguiente noticia de Laspuña: “Don Juan de Goyeneche puso corriente el corte de maderas para mástiles, tablazón y demás obras de navíos en los montes de España, que tocan el valle de Bardaxí, de donde los acarrean en distancia de 3 leguas hasta el río Cinca”. No es la primera vez que un vasco-navarro viene por aquí para trabajar en explotaciones forestales.
También a finales de este siglo paso por aquí otro visitador de importancia, pero esta vez religioso y erudito que se llamaba Traggia. Está por estudiar las anotaciones y noticias que dejó sobre nuestro pueblo.
Cómo no, en este siglo también hubo epidemias en nuestro territorio: en 1747 hubo una epidemia de fiebres catarrales que produjo gran mortandad en todo el valle del Cinca, y otra de pestilencias en el año 1793. Puede que fuera la primera la causante del despoblamiento de la Cuadra de Tierrantona en nuestro término, pues coincide con fechas, causa y censos poblacionales. Además entroncaría con esa leyenda que nos contaban nuestros abuelos, que Laspuña estaba antes situada en otro lugar pero vino una peste que mató a todo el mundo salvo dos mujeres que se salvaron y escapando de la peste refundaron Laspuña en el lugar actual.
 De todas maneras, aunque el tema no está estudiado a fondo, hay que decir que ni el geógrafo J. Bautista Lavaña, ni el visitador militar Bartolomé López, a su paso por Laspuña, dan cuenta de la existencia de esta Cuadra de Tierrantona.
La población en el siglo XVIII evolucionó de una gran disminución a principio de siglo (23 vecinos en 1713 y 16 en 1717 y 1722) seguramente debido a las epidemias, guerras y pobreza en la agricultura y economía de finales del siglo XVII a un rápido aumento a finales del siglo (16 vecinos en 1787, 50 en 1794 y 54 en 1797) debido al auge de la explotación maderera de los bosques de La Valle, lo que hizo atraer el asentamiento de familias a nuestro pueblo. En estos últimos años se debieron construir muchas casas en el pueblo, que dieron la configuración básica a lo que es hoy.

Edad Contemporánea La edad moderna acaba con el inicio de la Revolución Francesa que cambió los pilares de la antigua cultura europea a finales del siglo XVIII (1769), iniciándose la Edad Contemporánea. De todas maneras estos cambios culturales poco o nada se dejaron notar en nuestra nación donde seguían anclados los valores tradicionales del Imperio decadente, de Dios, Patria y Rey.
Así empezamos el siglo XIX que empieza, cómo no, de manera desastrosa con una guerra, la de la Independencia. Poco iba a durar el progreso de final del siglo anterior que hubo en nuestro pueblo. Si a finales del siglo XVIII Laspuña tenía 54 vecinos, ya en 1845 sólo volvía a tener 16 vecinos. Ello fue debido a la nueva guerra con los franceses, con toda la pobreza y miseria que tienen las guerras con el pueblo, y a una gran epidemia de cólera-morbo que hubo en el año 1833, además de las guerras carlistas. También pudiera ser esta epidemia la que acabó con el poblado de la Cuadra de Tierrantona.
En 1808 aún Laspuña pertenecía al Corregimiento de Benabarre, de donde dependíamos administrativamente.
En el inicio de la guerra se forma la Junta Suprema de Aragón, al mando de Palafox, que decide reclutar voluntarios y armar al pueblo. Se formaron tercios y compañías que se dirigieron, unos a defender los pasos fronterizos con Francia y otras a socorrer la ciudad de Zaragoza que estaba sitiada. En Benabarre se formó el Tercio de los Tiradores de la Ribagorza, donde suponemos que irían a alistarse los mozos de Laspuña, saliendo así de su tierra, pues las compañías que quedaron a defender los pasos fronterizos fueron las formadas en los valles de Vió, Bielsa, Plan y Gistaín, que dependían del Corregimiento de Barbastro (aunque algunas de ellas también fueron a socorrer a Zaragoza).
Como sabemos estas compañías de voluntarios estaban formadas por campesinos sin formación militar, sin uniformar y apenas armados, muchos de ellos sin armas y otros con escopetas de caza. Estas compañías se enfrentaron con un verdadero ejército, mucho mayor en número, con experiencia y formación militar y bien pertrechados de armas, uniformes, botas y ropa de abrigo. Casi todo de lo que carecían los nuestros.
 El ejército francés consiguió inicialmente dominar toda la margen izquierda del Ebro hasta los Pirineos. En nuestra comarca los franceses tenían su base de mando en Aínsa, y nuestra comarca era zona de paso de provisiones para su ejército en Barbastro. Los franceses iban por los pueblos reclutando gente y confiscando bienes, amén de realizar represalias contra los sospechosos de apoyar a las guerrillas que abundaban por el Sobrarbe y que incomodaban constantemente a los invasores.
Había compañías itinerantes de guerrilleros en nuestra comarca que se movían constantemente de un sitio para otro, con el apoyo del pueblo, y que tuvieron fuertes enfrentamientos con los franceses, en concreto en Samitier, Palo y Pano.
Tenemos noticias de Laspuña en el año 1845-50 en el diccionario de Madoz, que la describe así: “Lugar con ayuntamiento al que está agregado Escalona, frío en invierno y caluroso en verano. Lo castigan los vientos del norte, propenso a constipados y dolores de costado.
 80 casas incluida el ayuntamiento con cárcel. 3 calles y dos plazas. Una escuela de primeras letras con 30 niños dotada de 1.100 reales.
Anejo de Ceresa. 2 fuentes de buena calidad (la del Canal que surte molino harinero y la de Barrioviejo sobre la carretera que cruza el Cinca). 3 ermitas destruidas: San Andrés, San Pelayo y Sta. Eulalia conocido por Fuente Santa. 2 ríos, el Cinca y el Irués o Ijuez, le cruza un puente llamado de Irués. El Cinca lo cruza un puente. Existen 2 partidas llamadas Fornos y Napinals con grande prado natural. Otra partida Carrical (en la montaña) que produce excelentes pastos y hierbas medicinales de las que se surten muchos botánicos.
En el Estacho se construyó en el año 1700 por cuenta del Gobierno una gran carretera para extraer el arbolado que se empleaba en la marina.
PRODUCCIÓN: trigo, cebada, escalla, judías, maíz, cáñamo, patatas, vino, frutas y hortalizas. Ganado lanar, cabrío y de cerda. Caza de perdices, liebres, conejos y en la montaña muchos osos. Pesca de truchas muy delicadas en los dos ríos.
 INDUSTRIA: picar madera, 2 molinos harineros, hornos de pez.
COMERCIO: conducción de maderas picadas por el Cinca. 2 tiendas de abacería. POBLACIÓN: 16 vecinos, 98 almas.
CONTRIBUCIÓN: 5.101 reales y 22 mrs.”

A mitad de siglo parece que el pueblo se recupera, pues ya en 1857 tiene 500 habitantes (A.Ubieto) y en 1861 tiene 550 (López Novoa), esta última cifra será la récord para todos los tiempos pues nunca el pueblo tuvo, ni tendrá, tantos habitantes.
La segunda mitad del siglo XIX transcurre con una epidemia de cólera morbo en 1865-85 que disminuye el censo en 100 habitantes, además de formación de juntas revolucionarias, levantamientos republicanos, primeras elecciones generales, golpes de estado... Algún mozo de este pueblo tuvo que hacer la mili y aún participar en la guerra de Cuba.
Por estas fechas vive mosén Bruno Fierro que estuvo de cura en Banastón y Saravillo. Tenía relación con el cura de Laspuña y con las casas de Botiguera y Monclús. Llampayas, escritor catalán afincado en nuestra tierra a principio del siglo XX, escribe un cuento en el que todos estos personajes tienen una serie de peripecias en la abadía de Laspuña. Fue sobre 1868 cuando mosén Bruno Fierro refugió al general Prim que había huido por estas tierras y le ayudó a pasar la frontera.
El 3 de abril de 1886 nació en Laspuña, en casa el Herrero, D. Ambrosio Sanz Lavilla, único personaje ilustre considerado como tal en este pueblo. Fue fundamentalmente teólogo e historiador. Licenciado en Derecho Civil y Filosofía y Letras. Doctorado en Derecho Canónigo y Teología por la Universidad de Comillas. Perteneció un año a la Compañía de Jesús. Ecónomo de la parroquia de Cerler. Capellán del obispo de Ciudad Real. Canónigo de la catedral de Barbastro. Profesor del Seminario de Barbastro. N.º 1 en las oposiciones a capellán de la armada. Publicó: “Jitismo en la cruz” (Comillas, 1947), “Historia de la cruz y el crucifijo” (Palencia, 1951), “Santuarios y ermitas marianos de la diócesis de Barbastro” (Barbastro, 1953). Algún artículo sobre el monasterio de San Victorián.
En estos años (1861) Laspuña pertenecía al Arciprestazgo de Boltaña, siendo un curato de segundo ascenso.

Siglo XX El año 1960 el ayuntamiento decide construir el nuevo cementerio (la parte vieja, ya derruida, del actual), bien porque el que había al lado de la iglesia, en la actual plaza de abajo, se había quedado pequeño, bien porque en una visita que realizó el intelectual Lucien Briet por aquí lo criticó por estar encima de las corrientes subterráneas que dan lugar a las fuentes del Canal y de Peguntero. Así se evitaban contaminaciones.
 Lucien Briet nos volvió a visitar el año 1911, se hospedó en casa del Herrero, Sr. Sanz, entonces juez de paz del pueblo, reconocido en toda la comarca por su profesión de herrero. L. Briet describe el pobre estado del puente, como una estrecha pasarela, donde había una niña que cobraba 50 céntimos por persona y animal de carga, en concepto de peaje, obligatorio únicamente para aquellas personas que no residían en la localidad. Entonces Laspuña, incluida Ceresa (9 fuegos), el Casal (4 fuegos) y Socastiello, contaba con 120 casas y 448 habitantes. También visitó Fuente Santa, relatando que entonces se iba allí tres veces al año en romería: el 12 de enero (día del Santo), el 8 de mayo y el 2.º domingo de septiembre.
La primera década de este siglo debió ser floreciente, pues el censo pasó de 448 a 502 habitantes en 1916, que, según la enciclopedia Espasa, tenía además 244 edificios en total. Produce cereales, vino, cáñamo, frutas... Fábrica de cucharas, molinos de harina, ganadería.
La escuela actual se construyó el año 1914. Se hizo una fiesta de inauguración en el pueblo, en la que leyeron sendos discursos el cura y el alcalde. El maestro había preparado también su discurso, pero no se lo dejaron leer por ser republicano. Este maestro se llama, porque aún vive a pesar de haber nacido el año 1889, D. Joaquín Vispe, oriundo de Gistaín, fue pionero en nuestro pueblo en cuestiones pedagógicas. Fue el primer maestro que llevaba a sus alumnos de excursión al campo a explicar lecciones de naturaleza. Los padres se enfadaban porque tal cosa no se había visto nunca y además venían los chicos a casa con los pantalones y alpargatas rotas. Formó un equipo de fútbol con los mayores de la escuela que, supongo, jugarían contra los niños de otros pueblos. Se conserva una foto de tal equipo, algunos de cuyos alumnos aún viven.
La guerra civil (1936) truncaría la vida de aquellos niños, muchos de los cuales murieron en el campo de batalla, unos fueron fusilados por defender sus ideas, otros vivieron en el exilio y los menos pudieron gozar de la vida cotidiana en la época franquista. Al maestro lo inhabilitaron y se tuvo que ir a trabajar de peón de albañil al país vasco, en la última época franquista se le rehabilitó.
El levantamiento militar del general Franco aplastó al gobierno republicano elegido democráticamente por el pueblo, destruyendo aquella frágil democracia, asfixiada por los poderes fácticos, el capitalismo salvaje y la religión por un lado, y por el otro las ansias de revolución de los pobres y oprimidos.
La mayoría del pueblo, ajeno a ideologías y sólo preocupado por sobrevivir, se vio obligado a sufrir una guerra que no deseaba y que les obligaba a luchar en frentes opuestos a hermanos, amigos y vecinos, exacerbados por las propagandas de cada bando que desarrollaban el odio mutuo para aniquilarse.
La mayor parte de Aragón se mantuvo fiel a la República, constituyéndose en frente de guerra durante casi toda la contienda.
En el avance de las tropas nacionales al llegar a Sobrarbe se toparon con un frente de resistencia constituido por lo que se llamó la Bolsa de Bielsa. Laspuña estaba exactamente en la frontera de esa Bolsa. Así las tropas nacionales estaban situadas en Muro de Vellos y las republicanas en Laspuña, en la zona de los Montiellos, las Corveras y Viñas.
Cómo los nacionales no pudieran entrar en esta bolsa que iba de Laspuña a Pineta por un lado, y de Laspuña al valle de Gistaín (por detrás de La Valle) por otro, los nacionales siguieron su avance hacia Benasque y Lérida quedando aislada esta bolsa de resistencia. Los republicanos con su perfecta organización de vanguardia, avituallamiento, comunicaciones y retaguardia con hospital incluido, fueron visitados por el Presidente de la República, el Sr. Negrín, que aterrizó con una avioneta en los llanos de Pineta, para apoyar moralmente aquella heroica resistencia y prometer envío urgente de municiones y material militar que se acababa. Como tales refuerzos no llegaron nunca, dado que el Gobierno francés no permitió el paso de dicho material por su territorio, los republicanos debieron desistir en la defensa y replegarse retirándose a Francia.
Durante la guerra civil los habitantes de nuestro pueblo tuvieron que desalojar el poblado marchando mayoritariamente a Francia a través del nevado puerto de Bielsa (sólo quedaron algunos ancianos), conociendo allí los campos de refugiados o el acogimiento de los franceses en algunas casa particulares (haciendas agrícolas). Unos pasaron de allí a Barcelona, zona republicana, otros por Irún a la zona nacional.
Al final de la contienda los que decidieron volver y se les dejaba, siempre que no tuvieran delitos de sangre y no hicieran apología de sus ideas, volvieron encontrándose con sus haciendas saqueadas o destruidas. Debieron empezar la vida de nuevo en la época de escasez que se avecinaba. Hay que reconocer que en nuestro pueblo la mayoría de la gente, vencedores y vencidos, hicieron lo posible por olvidar y convivir en paz mutuamente. De hecho el alcalde franquista de aquella época dio muestras de bondad y equidad no distinguiendo a las personas más que por sus cualidades personales, obviando las ideas de cada uno. Él era el máximo responsable local, junto con el cura, de elaborar los informes sobre las personas que la autoridad militar solicitaba.
Entonces empezó la gran noche de la dictadura, el racionamiento, los maquis que se instalaron en los Pozos y que fueron engañados y vencidos, el estraperlo, la Guardia Civil merodeando los domingos por los campos para obligar a la gente a ir a misa, los encarcelamientos, los trabajos forzados, etc... hasta que los regímenes nazis de la II Guerra Mundial, aliados de Franco, perdieron y los aliados obligaron a Franco a suavizar su régimen. Pero entonces la dictadura ya se había instalado y la represión estaba hecha
 En esta época destacó como personaje relevante el cura Monclús, capellán castrense que parece ser tuvo relación directa con Franco, y que hizo lo que pudo por nuestro pueblo. A él le debemos el actual reloj de la torre de la iglesia.
En el año 1950 Laspuña tenía 468 habitantes. La década de los años 60 se caracterizó por el éxodo rural hacia las grandes ciudades en busca de una vida mejor coincidiendo con la expansión económica del país. Fue en esta década cuando se construyó la central eléctrica y el embalse de Laspuña. Este éxodo conllevó el despoblamiento de nuestros pueblos, muchos llegaron a desaparecer. En 1970 Laspuña tenía 391 habitantes y en 1978 descendió a 345. Actualmente tiene sobre 220 habitantes.
Laspuña no fue de los pueblos del Sobrarbe que más sufrió la despoblación, y debido a su riqueza forestal progresó en muchos aspectos: se arreglaron las calles del pueblo empedrándolas, se construyó la red de vertidos, se instaló el alumbrado público, se arregló la iglesia y los jardines, etc...
Es meritorio destacar la instalación de una escuela de bachiller inferior, además de las escuelas públicas, que con el esfuerzo de los maestros y sacerdotes fue la semilla de la formación profesional y de estudios superiores de las primeras generaciones de jóvenes de esta época. Gracias a ello ya no sólo podía estudiar el que tuviera medios sino también los que sin tenerlos se esforzaban o tenían interés.
 A finales de los años 60, coincidiendo con el declive agrícola, vinieron los primeros turistas en las vacaciones de Semana Santa y verano que configuró un cambio en la economía del lugar. Habían desaparecido del pueblo las fábricas de alpargatas, cucharas, hornos de pez, explotación del cáñamo. Las explotaciones agrícolas y ganaderas disminuyeron, convirtiéndose muchas de ellas en economías de complemento “al jornal” en empresas estatales (ICONA, RENFE, ELÉCTRICAS, AYUNTAMIENTO, ...), en empresas privadas de explotación forestal, o complemento de los ingresos turísticos. Se había iniciado la época actual.


Reseña histórica (Desde la prehistoria hasta la actualidad)

Reseña histórica
No hay hechos concretos que permitan comprobar que Laspuña existiera en la prehistoria pero dado que en Sobrarbe sí que hay restos de que había pobladores, no sería descabellado pensar que hubiera algún poblado errante por el territorio del término municipal.
Aunque no hay datos que certifiquen que Laspuña existiera en la prehistoria, pudo existir algún poblado nómada, ya que en la comarca de Sobrarbe se han encontrado vestigios de gentes que habitaron en estas tierra en aquella época. De estos asentamientos temporales en la zona de nuestro pueblo han quedado restos toponímicos y  algunos arqueológicos.
De la época romana se conserva todavía un pilar de un puente sobre el río Cinca y es en esa época cuando nace el nombre de Laspuña “Illa Sponas”,  que puede derivar de "sulla sponda" (casi similar a "Illas Sponas") que en italiano actual significa orilla, lado, borde, terraplén, ribera.
Los árabes realizaron varias campañas por Sobrarbe, la mayoría de ellas destructivas y de castigo. En el término municipal se conservan los restos de una antigua tejería, propia de aquella época y de aquellos pueblos árabes.
La historia de Laspuña más conocida empieza en la Edad Media. En un documento de San Victorián fechado en 1085 aparece por primera vez el nombre de Laspuña como “ILLAS SPONAS”. En ese tiempo Laspuña pertenecía al obispado de Lérida. En 1228 aparece en otro documento el nombre de la primera persona que conocemos de Laspuña. Se llamaba Ramón Castany y entonces Laspuña ya se llamaba LASPUNYA.
El rey Jaime II ,el Justo, de Aragón organizó en 1296 la conquista del reino de Murcia tras recibirlo como donación de Alfonso de la Cerda a cambio de favorecer sus pretensiones al trono castellano durante la minoría de edad de Fernando IV. El rey se vio en la necesidad de reforzar sus huestes y para ello recurrió a leva obligatoria que también toco a los habitantes del Sobrarbe, entre ellos los de Laspuña y Ceresa , dejar a sus espaldas sus casas y sus montañas, tal como quedó reflejado en los documentos de convocatoria de “Caballería” y  “Milicias” del mes de abril del año 1300.
En la segunda mitad de 1309 Jaime II puso sitio a la ciudad de Almería y también requirió la ayuda de la gente de Laspuña.
En la Edad Moderna, en 1495, Laspuña era propiedad del Señorío Eclesiástico de San Victorián.
En la época de Felipe II, por los años finales del siglo XVI, los mozos de Laspuña junto con los de Sobrarbe participaron tanto para detener la invasión de Aragón por Felipe II como para defender los puertos de Plan, Bielsa y Gistaín de la invasión de los bearneses.
En el año 1600 el concejo de Laspuña acuerda la construcción de un Molino que llega a durar hasta 1960. Por entonces comienzan la explotaciones forestales y la bajada de maderos por el Cinca con las nabatas, produciéndose una época de gran esplendor económico ya que la madera llegó a emplearse hasta para la fabricación de barcos. En la segunda mitad del siglo se construyó la iglesia de Laspuña y la ermita de Fuente Santa.
Pero a finales de siglo las sequías y las pestes y epidemias asolaron el municipio y diezmaron la población. En 1651 el morbo subió implacable por Aragón hasta su extremidad norte, pues después de Zaragoza y Huesca hallamos datos de pueblos como Laspuña y Ceresa  en los que su población quedó diezmada a más de la mitad. Como consecuencia de esa mortal epidemia se inició en Laspuña y en la comarca la veneración a San Sebastián que es el protector de la peste.
A lo largo del siglo XVII y sobre todo del XVIII la población se recuperó gracias sobre todo al auge de la explotación maderera. A principios de 1800 Laspuña y Sobrarbe se vieron afectados por las invasiones francesas de los ejércitos de Napoleón.
En el año 1835 Laspuña también se vio afectada por las guerras carlistas y la milicia de Laspuña se vio obligada a entrar en batalla.
Ya en 1850, en el diccionario de Madoz se describe a Laspuña como un lugar castigado por los vientos del norte, de 80 casas y una escuela de primeras letras con 30 niños. En 1911 Lucien Briet, a su paso por Laspuña nos deja una descripción de su tránsito por el término municipal hacia San Victorián.
Durante la guerra civil, la vida en Laspuña se vio afectada por los incidentes de la guerra. Una parte de la población murió en el campo de batalla, otros fueron fusilados, muchos sufrieron el exilio y los menos pudieron vivir durante la época franquista. A pesar de ello en 1950 Laspuña contaba con 468 habitantes. La continuidad de las explotaciones madereras permitieron a Laspuña ser uno de los pueblos más desarrollados de la época, llegó a tener un colegio de bachiller municipal cuando no lo había en Aínsa. Sin embargo la emigración a las grandes ciudades siguió siendo la causa del gran declive demográfico, 391 habitantes en 1970, 345 en 1980 y 280 en la actualidad (año 2016 según fuentes del INE).

El puente romano

El puente romano
Puentes medievales
Contenido disponible: Texto GEA 2000

Durante la Edad Media, la construcción de puentes planteaba graves problemas económicos y técnicos. Muchos de los puentes romanos se habían arruinado; donde fue posible, se recurrió al aprovechamiento de los vados naturales existentes; cuando el caudal del río era muy grande, se utilizaron barcas, de cuya explotación se beneficiaban los concejos , Órdenes Militares o los tenentes del señorío . En otras ocasiones, se construyeron puentes de madera, más baratos y fáciles de defender. De todo ello se conservan noticias en la documentación escrita de la época (por ejemplo, el puente de barcas de Monzón, explotado a medias entre los templarios y los vecinos) o bien se conoce por la documentación gráfica posterior (así, grabados y dibujos de los puentes de madera en Fraga y en Zaragoza).
Los puentes de fábrica son los únicos que han perdurado hasta nuestros días. Su conocimiento y estudio se plantean desde dos puntos de vista: arqueológico e histórico.
Los puentes medievales (naturalmente, no sólo los aragoneses) suelen caracterizarse por un perfil fuertemente alomado, es decir, una marcada pendiente a ambos lados, motivada por el uso del arco apuntado; cuando hay apoyos laterales naturales, el arco es de medio punto, resultando un perfil horizontal (puentes sobre tajos profundos). También están presentes en esta tipología los arcos irregulares, rebajados o escarzanos, a veces construidos deliberadamente, otras son precisamente el fruto de una obra defectuosa. En general, puede decirse que las calzadas son muy estrechas, especialmente en comparación con la amplitud de las romanas ; para facilitar los cruces de vehículos o caballerías, se construyen apartaderos sobre los machones. Con la finalidad de disminuir el peso de la obra, arquillos de aligeramiento perforan las pilas o los estribos, facilitando así el desagüe en las avenidas. Las pilas suelen tener adosados tajamares de sección triangular que normalmente sobrepasan la línea de la clave. Las luces de los arcos no son muy grandes, éstos tienden a ser autoportantes, es decir, a mantenerse en pie por sí mismos. Es frecuente la presencia de construcciones anejas de tipo defensivo (torres, parapetos...), religioso (capillas, cruces...) o comerciales (tiendas, molinos, casas...). En cualquier caso, hay que hacer notar que la técnica constructiva de los puentes tiene una perduración cronológica muy amplia. Por otra parte, al tratarse de obras de uso continuo, sufren reedificaciones que pueden insertarse de modo poco claro en la obra original. En resumen, salvo los casos que se pueden datar por medio de fuentes auxiliares (textos, inscripciones, etc.), o los que son verdaderamente arquetípicos, resulta bastante difícil diferenciar categóricamente un puente medieval de otro romano.
En Aragón, podemos distinguir dos etapas en la construcción de puentes. La primera se corresponde aproximadamente con la cronología del arte románico ; en esos momentos, es la corriente de peregrinación que conforma el Camino de Santiago lo que fundamentalmente impulsa, como obra de caridad, a la construcción de puentes en el Aragón primitivo. En este sentido, es muy significativo el hecho de que ya los primeros reyes de nuestra tierra mostrasen su preocupación por este tema: en los testamentos de Ramiro I se encomienda expresamente la reconstrucción del puente de Cacaviello (Triste), hoy bajo las aguas del pantano de La Peña . A partir de entonces, los reyes de Aragón se ocuparán de todos los asuntos relativos a los puentes, evidenciando con ello la vertiente que éstos tienen de obra pública, al servicio del bien común.
La arquitectura gótica desarrolló una técnica adecuada para resolver los problemas que plantea el trazado de un puente, especialmente en lo concerniente a los arcos, algunos de audaz diseño. Se sigue manteniendo la estrechez de la calzada. Entre los numerosos puentes góticos aragoneses, es obligado citar el de piedra de Zaragoza (cuya obra se termina a fines del siglo XV), los magníficos ejemplares oscenses de Capella y San Miguel de Jaca y el turolense de Valderrobres .
Los puentes mantienen en la Edad Media un carácter religioso, que es herencia romana, y que se plasma tanto en la preocupación que la Iglesia muestra por ellos, cuanto en considerar su construcción como obra piadosa, son a menudo santificados y colocados bajo advocaciones salvíficas; a su alrededor se tejen múltiples leyendas.
Los puentes importantes exigían una administración compleja. Normalmente se cobraba por su uso un impuesto, el denominado pontaje. Algunos llegaron a constituirse como figuras jurídicas con entidad propia, capaces de poseer bienes, contratar, etc.

Puentes Romanos. Una de las características fundamentales de los puentes romanos es su cuidada construcción en orden a alcanzar una mejor solidez. Quizá sea éste el motivo por el que nos han quedado tantos ejemplares, unido a la necesidad que siempre hubo de estas fábricas, lo que hizo que fueran reparadas con tanta frecuencia como hiciera falta. De todas formas, las características de cada obra deben establecerse en función de la misma, debiendo considerar que cada puente es el resultado de la resolución de un problema en el que deben tenerse en cuenta varios factores: las necesidades que se desprenden del propio río, las del tránsito, las posibilidades edilicias y económicas que existían en el momento de la construcción, los determinismos que impone el relieve, la composición de los suelos, siempre determinante de las formas de cimentación, etc.
A grandes rasgos, podemos decir que en el territorio aragonés no existen en la actualidad vestigios de la presencia de puentes romanos que no fueran de piedra. Lógicamente, debieron existir algunos ejemplares lígneos que no se nos han conservado ni han dejado ninguna constancia documental, como ocurre, sin embargo, para algunos puentes construidos por el ejército de César sobre el Segre durante la guerra civil, por ejemplo. También es lógico pensar que hubo ejemplares intermedios que tendrían las pilas de piedra y una pasarela de madera, como es frecuente todavía en ámbitos rurales, pero, si esto fue así, no nos ha quedado ninguna fuente documental o arqueológica que lo atestigüe con rotundidad. De la misma forma, los puentes en ladrillo se encuentran ausentes de Aragón, mientras que si los hay en otros territorios que estuvieron dentro de la órbita de Roma.
El material en el que están construidos los puentes romanos en Aragón, la piedra, no es en ningún caso acarreado de grandes distancias, sino que, como es normal en este tipo de obras, se extrae de la cantera más cercana. El tratamiento de los sillares y, por lo tanto, del aparejo corre paralelo a esta diversidad, mostrándose bastante dispar según los casos y dependiendo, fundamentalmente, de la importancia objetiva de la obra y del tipo y bondad del material sobre el que se pueda trabajar.
De forma independiente al tipo de piedra y trabajo de la misma, el despiece de los arcos es de gran calidad. No es infrecuente la combinación de aparejos rústicos para los muros de los pretiles, tímpanos y contrafuertes con arcos cuyo dovelaje está cuidado y perfectamente conseguido. Hay que tener en cuenta que estos arcos debían, a veces, cubrir grandes luces que no constituían, en la mayoría de los casos, un fin en sí mismas, sino que venían forzadas por necesidades derivadas de la forma de cimentación o por el uso; pensemos, por ejemplo, en ríos con rellenos inestables en sus cauces que comprometen la cimentación de las pilas y que aconsejan utilizar el menor número de ellas posible, obligando a los arcos a alcanzar mayores luces. También los ríos navegables, como el Ebro en la antigüedad, fuerzan estructuralmente a los puentes a tener, por lo menos, un arco de considerables proporciones para permitir el tráfico fluvial, como ocurriría, sin duda, en el ejemplar cercano a Celsa .
Las enjutas de los arcos varían mucho en su tratamiento, dependiendo del tipo de puente —sobre una vía principal, marginal, etc.—; en cualquier caso es posible destacar la buena factura generalizada de las conexiones entre estos elementos y el trasdós de los arcos.
Las pilas presentan en casi todos los ejemplares defensas aguas arriba, que en Aragón y por lo hasta ahora conocido son siempre triangulares, como en el caso del puente de Luco de Jiloca, por ejemplo. Un elemento diferenciador importante con respecto a puentes posteriores, que tienden a ser tomados por romanos con relativa frecuencia (sobre todo del siglo XVI), lo constituye el hecho de que estas defensas, en el caso de llegar a tapar parte de la boquilla de los arcos, lo hacen adosándose sobre ellos y no formando un mismo cuerpo con dovelas salientes que traban y se incluyen en el aparejo del paño mural de los tajamares.
Aguas abajo, las pilas suelen presentar contrafuertes adosados o trabados —que en los puentes se denominan espolones— de planta rectangular o, más raramente, semicircular. Una característica común a tajamares y espolones en época romana es que éstos suelen terminar hacia la altura del arranque de los arcos o poco más arriba —nunca sobre la cota de los riñones del arco—, a diferencia de otros ejemplares de cronología más tardía, particularmente medievales, que utilizaron estos refuerzos laterales de los puentes como apartaderos de la vía y, por lo tanto, llevaron su culminación hasta la misma.
El tipo de cimentación sobre el que se asientan es fundamental para los puentes, sobre todo en cuanto a la duración en el tiempo de los mismos. Estas fábricas deben soportar presiones de muy diferente índole: por un lado, el peso mismo de la obra y aquel que pueda producir el tránsito; por otro, las presiones laterales —desiguales normalmente— que provocan la descarga de los arcos, las presiones transversales ejercidas por el agua, sobre todo en períodos de riada y, por fin, la misma erosión del agua que puede socavar las estructuras. Así, las formas de cimentación varían mucho en cada caso, adaptándose a las necesidades y a los condicionamientos del terreno. Siempre que se podía se intentaba construir sobre roca y, si ésta no era accesible, se utilizaban diversas técnicas, dependiendo de la calidad del suelo, variando desde simples zapatas embutidas en el terreno a más o menos complicados sistemas de pilotaje lígneo —para la contención de rellenos poco estables— que continuaban en estructuras pétreas para las pilas.
Es muy poco lo que sabemos sobre las formas de cimentación de los puentes romanos aragoneses. Serían precisas excavaciones para analizar este extremo, actuaciones que no se han realizado en ningún caso.
La forma de construcción de los puentes también es muy variable, dependiendo de la importancia de la obra y de las condiciones naturales de la ubicación. En general, se puede decir que los tipos de construcción se reducen a dos: en seco y dentro del agua. En el primer caso se trata frecuentemente de puentes encajados en estrechas gargantas rocosas, que no precisan de la inclusión de pilas en el propio río, de cursos de agua con períodos de estiaje muy prolongados que pueden aprovecharse para la construcción, o que pueden desviarse del cauce para realizar la obra a pie seco. En el segundo de los casos, la fábrica se acomete desviando alternativamente la corriente de agua a un lado y otro del cauce, construyendo las pilas directamente en el agua o utilizando ataguías.
Los motivos que llevaron al deterioro, destrucción y eventual desaparición de algunos ejemplares fue muy variado. En primer lugar hay que tener en cuenta la ubicación de los puentes sobre caso de cursos de agua tan irregulares como los nuestros. Además de estos factores hidrológicos, hay que contar con las limitaciones constructivas del período que produjo estas obras; principalmente, estas limitaciones se centraban en los problemas de cimentación. En realidad, existían algunas ocasiones en las que era imposible encontrar un estrato estable sobre el que afincar las pilas: de cualquier manera, en época romana no había forma de saber cuál era la conformación del suelo, salvo lo estrictamente superficial, por lo cual era frecuente que estratos poco estables quedaran debajo de las cimentaciones y provocaran, a la corta o a la larga, la ruina del puente.
La técnica constructiva romana perduró durante muchos siglos. Puentes con técnicas típicamente romanas se han estado construyendo hasta hace muy poco tiempo, con lo cual muchas veces es bastante difícil precisar correctamente la datación de un ejemplar, sobre todo en el caso de que se trate de alguna obra marginal o de escasa entidad.
El continuismo edilicio y tipológico hace en muchos casos inservible cualquier análisis que se intente abordar desde estos dos enfoques metodológicos. Hasta tal punto esto es así que una gran cantidad de ejemplares, que siempre han sido clasificados como romanos, están pendientes de un estudio detallado centrado en otros criterios de análisis que puedan ser más reveladores en cuanto a la datación que los tradicionalmente aplicados, como los metrológicos o —en el caso de obras de cierta complejidad— los de trazado teórico arquitectónico.
Así, el catálogo de puentes romanos aragoneses está repleto de lagunas y no exento de dudas. Siguiendo una ordenación alfabética, podemos considerar que merecen un estudio detallado para su reclasificación diecisiete fábricas: el puente llamado de las Aguas, en Bierge (Huesca), sobre el río Alcanadre; el de Alberuela de Laliena (Huesca), sobre el Isuela; el del Algar, en Huerta de Vero (Huesca), sobre el Vero; el existente en el camino de Alquézar a Barbastro (Huesca), también sobre el Vero, de tres arcos, con una luz central de 18,9 m. y uno de los arcos menores rebajados, que será probablemente producto de una refacción; el del Batanar, en Bierge (Huesca), sobre el río Isuela; el del camino viejo de Bierge a Abiego (Huesca), también sobre el Isuela y que presenta tres vanos con tajamares triangulares en las pilas; los escasos restos del de Castejón del Puente (Huesca), sobre el río Cinca, ejemplar importante que contaría con más de veinte arcos con una luz media de unos 15 m.; el llamado del Diablo, en el embalse de Mediano (Huesca), sobre el Cinca, fábrica de una sola arcada de 29 m. de luz, con dos arquillos-aliviaderos gemelos que perforan los tímpanos; el de Laspuña (Huesca); el del Diablo, en Olvena (Huesca), sobre el río Ésera; el de Selgua (Huesca), sobre el Cinca; el de Paracuellos de Jiloca (Teruel), sobre el Jiloca, de tres arcos; el de Rubielos (Teruel), sobre el río Mijares, de un solo vano; el de Botorrita (Zaragoza), sobre la Huerva, con un solo vano de 9 m. de luz; varios puentes cercanos al yacimiento romano de Los Bañales, en Uncastillo (Zaragoza), y el de Maluenda, (Zaragoza), sobre un barranco.
En otros casos, las antiguas referencias bibliográficas que atestiguan la existencia de puentes romanos en algunos lugares nunca podrán ser comprobadas, puesto que estos ejemplares han desaparecido, como en el caso del puente de El Grado (Huesca), sobre el río Cinca, o el que existía sobre el Gállego en las proximidades de Zaragoza y junto al puente metálico que servía a la antigua salida de la carretera Zaragoza-Barcelona.
En otras ocasiones, la pertenencia a época romana está asegurada, el menos para el origen de los ejemplares, como en el caso de doce fábricas: el puente Fornillos, en Chibluco (Huesca), sobre el río Flumen, en cantería de buena factura, con un solo vano de 6 m. de luz; el de la Peña o Cacaviello, en Triste (Huesca), sobre el Gállego y en la actualidad sumergido en el embalse de la Peña —muy deteriorado, pero todavía recuperable—, obra de un arco principal flanqueado por tres laterales, que fue reparado en múltiples ocasiones, una de ellas en el siglo XI por orden de Ramiro I; el de Pertusa (Huesca), sobre el río Alcanadre; el de Calamocha (Teruel), sobre el Jiloca, obra pequeña pero muy cuidada, de un solo arco de 6 m. de luz; el de Luco de Jiloca (Teruel), sobre el río Navarre, obra de tres vanos desiguales que provocan en la rasante de la vía un perfil alomado, con arquillos de aligeramiento en las pilas, lo que hace de este ejemplar —dado su buen estado de conservación— un prototipo bastante clásico que algunos autores datan como republicano, mientras que otros lo fechan en el siglo I d.C.; el de Almada, en Villarreal (Zaragoza), sobre la Huerva, con un arco de 8,6 m. de luz que no completa el medio punto y que, en su estado actual, debe ser producto de una reconstrucción; el de Bilbilis, cercano a Calatayud (Zaragoza), sobre el Jalón, puente que ha desaparecido totalmente —salvo unos apoyos en la roca cercanos al barrio de Huérmeda, al suroeste del antiguo Municipium Augusta Bilbilis—, pero que resulta imprescindible para las comunicaciones de la ciudad, por lo que su hipotética ubicación ha sido propuesta por varios autores; el de Celsa, mencionado por Estrabón (III, 4, 10), cercano a la actual Velilla de Ebro (Zaragoza), sobre el Ebro, localizado recientemente y a la espera de un estudio detenido, que debió ser un ejemplar importante si tenemos en cuenta que el río en esta zona tiene ya un caudal considerable y era navegable en la antigüedad hasta Vareia, ya en tierras logroñesas; el de Cucalón (Zaragoza), sobre la Huerva, con un solo vano de 7 m. y tres fases constructivas bien definidas; el de Piedra, en Zaragoza, sobre el Ebro, del que ya nada queda a la vista que sea antiguo, salvo, con toda probabilidad, el emplazamiento, cuya alineación parece coincidir con el kardo de la Zaragoza romana, quizá la cimentación del actual ejemplar sea antigua, pero la determinación de este punto precisaría de unos estudios todavía no realizados; el de los Pontarrones, en Villadoz (Zaragoza), sobre la Huerva, del que se conserva sólo un bloque de argamasa, y el de Villahermosa (Zaragoza), también sobre la Huerva, en el que se distinguen dos épocas constructivas, a la segunda de las cuales —que no es antigua—corresponde la construcción de su único arco, escarzano, de 7,07 m. de luz.

• Bibliog.:
Beltrán Martínez, A.: «Puentes romanos de Luco de Jiloca y Calamocha»; Caesaraugusta, 4, 1954, pp. 190 y ss.
Burillo Mozota, F.: «Hallazgos pertenecientes a época romana imperial en el Campo Romanos»; Caesaraugusta, 41-42, 1977, pp. 139 y ss.
Fatás Cabeza, G.: «Para una biografía de las murallas y puente de Piedra de Zaragoza según las fuentes escritas hasta 1285»; Hom. al Profesor J. M. Lacarra, II, Zaragoza, 1976, pp. 305 y ss.
Fernández Casado, C.: Historia del puente en España. Puente romano; Madrid, s. a.
Liz Guiral, J.: Puentes romanos en el Convento Jurídico Caesaraugustano; Zaragoza, 1985.
Lostal Pros, J.: Arqueología del Aragón romano; Zaragoza, 1980.
Martín-Bueno, M.: Aragón arqueológico. Sus rutas; Zaragoza, 1977.
Imagen ficticia del puente,basada en los restos actuales y en la historia de trasmisión oral.

La valle en el siglo XIII.

La valle en el siglo XIII.
Tuve una buena sorpresa cuando encontré un documento, nada menos que del año 1230, que hablara de La Valle. No esperaba que pudiera existir un escrito tan antiguo de este valle nuestro, tan apreciado por todos, menos cuando en sí está formado por unas montañas y prados alpinos que no han sido habitados permanentemente aparte de leyendas y posibles asentamientos prehistóricos.
Es un valle del que disfrutamos sus cimas, bosques, prados, aguas y fauna, pero a día de hoy sabemos que sólo fue habitado temporalmente para los aprovechamientos forestales, agrícolas y ganaderos, amén de alguna que otra campaña militar. De estos asentamientos temporales han quedado restos toponímicos y arqueológicos como las bordas, “el molino de las Fredas” dónde se molía el centeno, “el paso ferrerías” dónde un herrero hacía los arreglos más elementales para útiles y caballerías, “el campanal”, “serrato batalla”, etc…
Las noticias que da este documento de 1230 hacen pensar que seguía siendo una extensión de explotación forestal, agrícola y ganadera sin ningún tipo de población pues el escrito solo hace una descripción de sus límites y términos sin nombrar aldea o poblado alguno.
Entonces La Valle era propiedad de un tal Guillermo de Ogeri. Este vivía en Ceresa y todo hace pensar que era un pudiente o por lo menos un gran propietario. Tal vez por una enfermedad, por su avanzada edad o por falta de familia quiso dejar sus propiedades y refugiarse a vivir sus días finales en el monasterio donde se entregó como donado, fenómeno muy frecuente en aquella época entre las gentes con grandes propiedades.
Donó todo a San Victorián con la condición de que los monjes le acogieran y pudiera vivir con ellos y ser cuidado hasta su muerte.
Pedía también el privilegio de poder ser enterrado dentro del monasterio, en concreto en el claustro, sitio donde eran enterrados los nobles o ricoshombres de la región, pues tal vez tuviera tal distinción.
Es curioso que casi ocho siglos después podamos saber donde descansan todavía los restos de este antepasado nuestro.
En la escritura el tal Guillermo dona sus bienes “en Vallicancha, con los términos de Cistos, Besaún y el Brocal, y las tierras que tenía entre el colle de Ceresa y el río Esera, y desde la Serra Montaines hasta Saravillo”.
Llama la atención que los topónimos de Besaún y el Brocal hayan permanecido inalterables en estos ocho siglos. Cambian en cambio el resto: a Vallicancha, el colle y serra Montaines se les denomina la Valle, la Collada y peña Monatañesa respectivamente. Queda por identificar el topónimo Cistos.
El valor de la donación en si es considerable: Todo un valle con tres cuencas fluviales: la de Fornos, la de la Garona y la vertiente que vierte sus aguas desde Collivert hasta el río Esera, ya en la Ribagorza. Toda una extensión con grandes bosques maderables, pastos alpinos para varios miles de cabezas de ganado, leñas, aguas y abundante caza. Una grande propiedad que se sumaría a las ya muchas y extensas que tenía el monasterio.
Esta única propiedad que pasó a manos del monasterio con el devenir de los siglos se ha fragmentado en las propiedades que hoy conocemos: monte público, monte municipal de varios pueblos y múltiples y pequeñas propiedades de agricultores y ganaderos privados, pero que siguen englobadas en una unidad que denominamos la Valle, un bien natural que tiene un legado histórico, que es de todos y que debemos preservar todos con cautela y diligencia.
Sea cual sea el próximo paso de su futuro, es responsabilidad de todos el disfrute o aprovechamiento de forma adecuada, impidiendo que se puedan realizar daños irreparables a su naturaleza.
Texto de Antonio Solanilla (Casa Baron de Laspuña)

Mozos de Laspuña en la conquista de Lorca (año 1300)



El rey Jaime II ,el Justo, de Aragón organizó en 1296 la conquista del reino de Murcia tras recibirlo como donación de Alfonso de la Cerda a cambio de favorecer sus pretensiones al trono castellano durante la minoría de edad de Fernando IV.
Alicante fue conquistada en abril del mismo año, tras una dura resistencia, en el castillo de Santa Bárbara ,de su alcaide Nicolás Pérez. 
Jaime II tomó posteriormente Guardamar con el apoyo de la flota, negoció con Don Juan Manuel, señor de Elche, prosiguiendo hacia Orihuela y Murcia, que capitularon, igual que el resto de la huerta murciana.
La conquista se vio facilitada por la numerosa población de origen aragonés y catalán que habitaba en el reino desde la intervención de Jaime I en 1266, aunque tuvo la oposición de las guarniciones castellanas de los castillos y del obispo de Cartagena.
Una segunda campaña tuvo lugar en 1298, ocupando Alhama de Murcia, y el 21 de diciembre de 1300 capitulaba Lorca tras un largo asedio.
Ante la resistencia de la ciudad de Lorca el rey se vio en la necesidad de reforzar sus huestes y para ello recurrió a leva obligatoria entre los hombres del reino y una vez más tocó a los a los habitantes del Sobrarbe, entre ellos los de Laspuña y Ceresa , ir a defender los intereses del rey de Aragón  tal como quedó reflejado en los documentos de convocatoria de “Caballería” y  “Milicias” del mes de abril del año 1300.


Laspuña y la cruzada de Almería 1309

Laspuña y la cruzada de Almería 1309

En la segunda mitad de 1309 Jaime II puso sitio a la ciudad de Almería. Las crónicas castellanas y aragonesas contemporáneas de los hechos suelen ser muy  concisas dando breves noticias de la preparación del asedio y de su fracaso. Así la Crónica General de España de 1344 se limita a decir: «E el rey de Castilla fué cercar Algeciras e don Jayme cercó Almería e tuviéronlas así cercadas grant tienpo e non plugo a Dios que las tomasen e tornaron cada uno para sus tierras»
Igual de breve es la Crónica de Alfonso XI: «E en el tiempo de este rey Mahomad fué el rey don Fernando a cercar a Algezira e tovola gercada siete meses y en este tienpo el rey don Jaime de Aragón tenía gercada a Almería. E estos reyes de Castilla e Aragón no tomaron ningunos lugares de aquellos que tenían gercados»

En el artículo  «‘Tan grans messions’ La financiación de la cruzada de Jaime II de Aragón contra Almería en 1309 », publicado en la revista Medievalismo, 19 (2009), p. 57-154. Queda reflejada la transcripción íntegra del registro de la Cancillería real que incluye la estimación de los caballos de las principales compañías que conformaron la hueste conquistadora.
En ese registro podemos ver que Ramón Castany de Laspuña aporto cuatro caballos al ejercito de Jaime II de Aragón para la cruzada de Almería.

(Texto copiado del registro)
 Predictus rocinus fuit amissus et facta inde littera regia emende
.-3r Ítem, Castan de Laspunya, de companya del dit n’Exemèn de Foçes, mostrà I cavall de pèl castany escur, stelat en lo front, e fo estimat a – D s.j.
.-Ítem, ell matex mostrà I rocí de pèl negre, ab dues blanqueretes en lo front, e fo estimat per alforrat a – CCC s.j.
.-Ítem, R(amon) Castany de Lespunya, de companya del dit n’Exemèn de Foçes, mostrà I cavall de pèl castany escur, e fo estimat a – D s.j.
.-Ítem, Castany de Lespunya, de la dita companya, mostrà I cavall de pèl ruçio, pigat, e fo estimat a – CCCC s.j.

Predictus equs Castanyi de Lespunya fuit amissus et facta inde littera regia emende.